TU SILENCIO TAMBIÉN HABLA DE VOS

tu silencio

TU SILENCIO TAMBIÉN HABLA DE VOS

Tendría que haberlo hecho. Escribir una trilogía. Seguro que Julio, Catalina, Tuco y Marita se hubieran henchido de orgullo. Hubiera sido fantástico, un tomo unitario dedicado a ellos dos. Pero estaba ocupado marcando el tiempo con las uñas en el cristal de la botella, mientras vos con tu vestido largo de terciopelo y tus zapatos en punta practicabas nuevas formas de caer de pie. Te subías a la cómoda, con tu vestido corto entramado y tus sandalias de cuero, y saltabas. Ya llevabas un buen rato haciéndolo. Y mientras escuchaba ese sonido, yo pensaba en como existen palabras que solo pueden transmitir emociones, así como existen ruidos que solo pueden transmitir conceptos.
Me hubiera encantado que al caer te golpearas la cabeza, y te quedaras llorando lágrimas sucias en el piso, sujetándote el vientre. Hubiera ido a socorrerte, raudo como cualquiera de los recuerdos que ahora tengo de nuestro tiempo juntos.

Y es lo que hubiera pasado. Si tan solo hubieras seguido haciéndolo por quince minutos más, eso hubiera ocurrido.
Pero ese día cambiaba la hora. Y te tuve que acompañar a esa luna de plegarias donde naufragaban las mentiras en que todas mis historias eran ciertas.

Caminábamos perfectamente uno al lado del otro, como dos renglones donde escribir un beso de sentidos. Nuestras manos no se tocaban. Y deberían haberlo hecho. Deberían haber estado enhebradas como perlas en un collar infinito.

Nos despedimos en la parada de ómnibus que estaba más lejos de casa, a una cuadra del zoológico. Solo había tres personas más en ese lugar. Eran una madre con su hija. La niña corría por todos lados, farfullando cosas sin sentido. Estaba vestida como vos, con un vaquero claro, y una remera igual de oscura. Y championes All Star tricolores. Sus trenzas eran una más larga que la otra. La madre era una mujer obesa, con piel aceitunada, y manos en las que podrían clavarse agujas.
Sus dientes temblaban.

Me estaba yendo cuando el ruido me forzó a darme vuelta, y quedarme como una veleta tambaleante contra el púrpura del cielo. La niña se había subido al asiento de la parada, y había comenzado a saltar. Caía, volvía a escalar el asiento, y se precipitaba nuevamente. Reía con los ojos abiertos.

Así que yo no cerré los míos mientras estaba volviendo a casa. No los cerré tampoco cuando llegué. Y los abrí aún más cuando me volví a sentar en la mesa.

Coloqué la botella de lado. Echándome para adelante, empecé a hacerla girar, con ademanes cada vez más exagerados, como un director de orquesta obsesionado por una belleza que solo él entiende. Comenzó a alejarse, y cuando ya estaba por escaparse de mi alcance me recosté violentamente sobre la mesa y le di un manotazo. Salió volando, y se destrozó contra una de las bibliotecas vacías en aquel cuarto lleno de libros.

Sin despegar el cuerpo de la mesa, volví la mirada a la cómoda.
Alguien iba a tener que saltar de ahí.
Y se iba a tener que romper la cabeza.
Tendido como estaba, me puse a darle golpes a la mesa con la palma de mi mano.
Después de aquel día, ya nunca pude volver a marcar el tiempo muy bien.

 

NOTAS:

*Las palabras de “Tu Silencio También Habla de Vos” rondan la locura en el amor.  Todo en el texto es contradicción, todo es puntos de vistas que se estrellan entre sí hasta que nada es cierto, pero ocurre de algún modo que no llega a esclarecerse.

*Recuerdo haber escrito este micro-cuento el día que compré el primer volumen de la trilogía de “Los Juegos del Hambre”. “Tu Silencio También Habla de Vos” fue una de las últimas incorporaciones al libro.

*Menciona expresamente a los personajes de la novela corta (“Cuando Estabas Ahí”) en sus primeros párrafos.

 

Descarga libre de “Ayer La Lluvia” (Libro y CD)