PALABRAS DE MARES

palabras de mares ayer la lluvia

PALABRAS DE MARES

–¿Como no podés vivir tu vida, entonces vas a vivir tu muerte?
No obtuvo respuesta alguna del joven. Guardaban la clase de silencio que es un juicio irremediable ante una verdad que cae por su propio peso, con la fuerza de una idea que puede asesinar una mente.
Casi de inmediato, el viejo se dio cuenta de que no hubo respuesta porque en realidad no existió pregunta.

Aquella tarde de otoño ya estaba finalizando para ellos.  Y ningún otro otoño podría volver a encontrarlos juntos. El viejo procuraba que sus pensamientos no transmigraran en ese vacío. El joven aún tenía demasiado por delante como para ponerse a pensar en eso. Todavía tenía demasiadas cosas que perder para entender lo que era la realidad de quedarse solo en un mundo repleto de voces sobre la tierra y sobre el cielo.
Pero ahora mismo, estaban sentados en aquella plaza que conocían tan bien, esperando que el otro dijera algo que pudiera convertir la sombra de lo obvio en un último olvido.
Debían poder hacerlo. Ambos eran escritores. La susceptibilidad de las palabras no le era ajena a ninguno de ellos. Sabían combinarlas, decuplicar sus significados, pluralizar lo que debieran  decir. Y se encontraban en esta instancia en la cual ya ninguna revestía utilidad. Todas llegaban a sus mentes como grises malgastados alcanzando vidas descoloridas.

Nadie decía nada. El reloj de la plaza dio las cuatro cuando el viejo comenzaba a sentir la angustia que acompaña a todo lo incierto que no puede ser soslayado. ¿Él había provocado esto? ¿O lo había provocado su hermano el día que desapareció de sus vidas, dejando al muchacho con apenas seis años de edad a su cuidado? Con su esposa le habían dado todo. Lo quisieron como al hijo que habían perdido y que ya nunca recuperarían. Ella le enseñó la importancia de creer en la belleza de sus propios sueños. Él le enseñó que el lugar donde esa belleza no solo existe sino que deviene fuerza es en la literatura.
Pero todo eso parecía tan distante ahora. Lo que se había inculcado con amor no era más que un recuerdo sitiando lo más inmarcesible de sus corazones.

El joven se pasó la mano por la frente, apartando el pelo que ensombrecía la mitad de su rostro. El otro reparó en su ojo derecho, que aún estaba levemente hinchado. Lo miraba con esa clase de expresión de quienes contemplan algo por última vez, con conciencia de que el final nunca puede ser digno del principio. Todo era tan obvio que se sentía una infamia, pero… ¿era necesario haber llegado a esto?
El joven se cruzó de brazos. Tenía el pasaje en la mano izquierda. Se aferraba a él como quien sujeta el primer logro en una vida que debiera estar signada por ellos.
–Sabés que en casa siempre vas a ser bienvenido –la voz del viejo pareció salir de afuera hacia adentro.
–Gracias.
No lo sabía, pero esa sería la última palabra que le oiría decir. Esa palabra habría de resumir los catorce años que pasó con ellos. En este último día, en esta tarde de todas las tardes que acababa de forma anticipada todas las palabras habrían de desembocar allí.

El joven se levantó, y comenzó a moverse sin mirar atrás ni una sola vez. Se desplazaba como un suspiro que el día más inadvertido sería un viento capaz de barrer hasta consigo mismo.
El viejo lo miraba con ojos horadados por sesenta y nueve años de una felicidad siempre posible pero rara vez aprehendida. Veía como se alejaba de todo y de todos. En un momento entreabrió sus labios, pero no alcanzó a decir nada. Los cerró con la resignación de quien cierra las tapas de un libro antes de arrojarlo a una hoguera, al mismo tiempo que bajaba la vista.
Cuando la levantó, el joven ya había desaparecido. Dejó su mirada depositada donde lo había visto por última vez. Algo le decía que esa no era la última tristeza que le causaría. No sabía por qué, pero comenzaba a sentirse encadenado por lo ajeno de esa convicción. Luego, volvió a mirar al frente. Un grupo de niños jugaba ante la mirada dispar de sus madres.

NOTAS:

* “Palabras de Mares” es el último micro-cuento de “Ayer La Lluvia”. Analiza el amor por la literatura, y contempla la (triste) actitud de confundir el amor por algo con el amor por alguien – lo que la poeta Déborah Eguren acertadamente define como “el amor sustituto” en el prólogo del libro.

*La frase “palabras de mares” la empleé por primera vez en la composición “Nazarena” de “Once”, una villanela por la cual siempre he sentido una enorme afinidad.

NAZARENA

Tenues orillas, cielos entreabiertos.
Un cuerpo escindido en la arena.
Palabras de mares en sus ojos muertos.

Vagas espumas en sus labios desiertos.
Ondas carmesí en el agua serena.
Tenues orillas, cielos entreabiertos

que todo presencian, y en los conciertos
trazos del olvido yace Nazarena.
Palabras de mares en sus ojos muertos.

Palabras perdidas en los ojos ciertos
del brillo que ciega una vida plena.
Tenues orillas, cielos entreabiertos,

sus ojos preciosos, sus ojos, sus yertos
albares, sus ojos, su voz, y su pena.
Palabras de mares en sus ojos muertos.

Palabras que dejan mis ojos abiertos.
Palabras que impresionan la escena:
Tenues orillas, cielos entreabiertos.
Palabras de mares en sus ojos muertos.

Me gusta  explicitar este vínculo, ya que en un momento el libro que terminó siendo “Ayer La Lluvia” iba a ser un volumen paralelo a “Once” y “Ten” (recordar solamente que “Ten” transcurre durante los años finales de la carrera de Traductorado Público, y el eje de la acción en “Cuando Estabas Ahí” son justamente esos años de mi vida).
Pero la idea de hacer un libro para explicar otro me pareció extremadamente derrotista, y la veté en seguida.
De cualquier modo (y recordando eso de que “las autores siempre escriben el mismo libro”) supongo que en buena parte ese concepto igual se aplica. Creo que quienes leen “Ayer La Lluvia” presencian el desarrollo de las preocupaciones que le dieron cariz a “Once” y “Ten”, y su eventual resolución.

Recuerden que ya pueden descargar “Ayer La Lluvia” GRATIS, y con contenidos adicionales aquí.