HEMISFERIOS

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HEMISFERIOS

       Ella esperaba. Ya no deseba volverse palabras. Deseaba ser desahogo y rendición, pero no un fragmento de ese inicio que solo algunos logran aprehender pero que todos transitan y que reconocen como propio aún más que quienes lo han forjado.
Por momentos sus dedos jugaban en la baranda. Se movían como si quisieran reconstruir algo –  algo que ellos recordaban, pero que su memoria nunca había llegado a decidir del todo.
Adriana sentía que el cielo la perseguía con sus huesos de ángeles nuevos, mientras las sirenas de los barcos se perdían en la ausencia que deja la tarde cuando la tarde es una elección premeditada, esa clase de elección que empieza en “Yo” para terminar en “Mi”. Las sirenas se enmudecían conscientemente, pero sin sentir el efecto que ocasionaban. Eran como una versión del alma.
“La historia no existe”, se dijo a sí misma. “Si nadie cuenta la historia, la historia no existe”. Lo repitió para sus adentros, una y otra vez. Buscando aprobación. Buscando repudio. Buscando algo, queriendo hallar un poco, anhelando perder un poco de algo.
No sintió la puerta cuando se cerró. Tampoco sintió los pasos ni la voz de Álvaro, ni su piel lenta. Pero sabía que había vuelto. Y pensaba que habría de volver un centenar de veces más.
“Si nadie cuenta la historia, la historia no existe”. Se lo dijo a sí misma nuevamente. No sabía que ya nunca repetiría esas palabras invariables.
La lluvia comenzó a caer entonces.

—oOo—

     No importaba que tan suave o fuerte se cerrara el zaguán, el ruido que hacía era siempre como un cañonazo en un salón de ecos rotos. Álvaro lo había empujado apenas cuando salió de la casa de sus padres, y el estruendo desparramó palomas por el rojo de la tarde, un rojo conjurado en la paleta de un Van Gogh que nunca llegó a cercenarse. Y entonces todo enmudeció, como si la espiral del mundo hubiera pronunciado su sentencia final.
Álvaro se quedó de pie por unos minutos frente al zaguán, mirando las ventanas huecas en esa calle añosa, en ese barrio que siempre le pareció una cárcel donde los presos son libres de marcharse, pero no de irse.
Adriana ignoraba que él sabía, que supo desde un principio, y que siempre iba a saber, que el conocimiento lo enceguecía como destellos en un mar de navajas, navajas que marcaban su piel con la desgracia implacable de ser lo que uno hace.
Sin dejar de observar las ventanas, Álvaro se puso la mano en el bolsillo. Y corroboró que todo era cierto. Éste sería el único desenlace posible para el vendaval de cordura que lo enfebrecía. Y entonces, se echó a andar.
Cuando llegó a su cuadra, vio que Adriana estaba en el balcón, esperando. Ella no reparó en él. Miraba al cielo sin hacer ningún ademán de moverse, con la expresión de alguien que siente nostalgia de cosas que nunca tuvo.
Al verla, Álvaro recostó su espalda contra la pared. Respiraba con dificultad.
Volvió a poner la mano en su bolsillo. Sintió de nuevo la fría empuñadura del revólver que había sacado del escritorio de su padre hacía un rato.
Se pasó la otra mano por la cara.
Estaba empapada.
Todavía no empezaba a llover.

 

NOTAS:

*“Hemisferios” es el primer micro-cuento del libro. Trata sobre el amor que conduce a la muerte.

*Originalmente era un cuento, no un micro-cuento. Tenía unas 16 carillas. Luego de pensarlo bastante, opté por condensarlo en una carilla y media, y fue así que se impuso esta versión de la historia.

*El título fue inspirado por la canción “Hemisphere”, de Maaya Sakamoto.
La canción se emplea como cortina de la serie animada japonesa “RahXephon”:

Todo lo que es animación japonesa es un referente importante en este libro. Lo fue en mis dos libros anteriores, y en “Ayer La Lluvia” lo es más que nunca. Comparen la forma en la cual la información es presentada y revelada en “Cuando Estabas Ahí” con series como ésta, y van a entender muchas cosas… Son prácticamente los mismos ejercicios de suspenso, y los golpes de efecto son casi idénticos.

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