HABÍA UNA FIESTA EN EL BALCÓN DE AL LADO

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HABÍA UNA FIESTA EN EL BALCÓN DE AL LADO

Era un charco enorme. Podía ver casi la totalidad de su cuerpo reflejado en él, mientras esperaba que el semáforo cambiara de color. El pan- talón vaquero desgastado, la camisa bordó mal planchada sobre esa campera negra exageradamente calurosa. Los labios como asomados al filo de un laberinto que despertaba cada vez en un lugar más angosto, los ojos como estudiando una lápida donde nació la vida.
Ese hombre sostenía su mirada a ultranza.

La luz ya había cambiado a verde cuando volvió a fijarse. Caminó a través del charco. No se molestó en rodearlo.
No le importó qué imagen nutría a cuál.

El centro de la ciudad estaba desierto en aquel verano en ciernes, en aquella soledad que se engrosaba no por carencias sino por faltas. Y su edificio lucía igual de vacío.
Pero había una fiesta en el balcón de al lado.

Lo asaltó una cierta premura cuando buscó las llaves y abrió la puerta. Prácticamente corría cuando subió las escaleras. Era como si algo lo estuviera persiguiendo.
O como si él estuviera persiguiendo algo.

La puerta en el quinto piso se cerró sordamente. Al fin estaba en casa.
Se detuvo por un momento en el centro de aquel cuarto donde todo permanecía quieto. Su sombra caía como un accidente perfecto en las paredes azules.
Se dirigió a su habitación, y se sentó en la única silla que en ese momento podía ser igual a todas las demás.

Comenzó a mirar las fotos en su celular, moviendo los dedos como títeres sobre el teclado. Ella estaba en todas.
Sus pechos tan grandes eran imperceptibles. ¿Qué era esa blusa negra que se había puesto? Ese conjunto no la favorecía en absoluto. ¿Por qué se había puesto una cosa así?

Risas en el balcón de al lado. Gritos. Aplausos. Mucha algarabía. Más de la necesaria. Alguien nombró a una tal Paula y a un tal Martín entre carcajadas estentóreas.  Y agregó enseguida:
–¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno! ¿¡Qué está pasando!?
–Yo estoy pasando –habló sin apartar la mirada del celular. Las palabras reconocieron sus labios y retumbaron por toda la habitación como pesadillas que buscaban escapar hacia la noche.
Y siguió estudiando esa foto, sin alterar su postura en lo más mínimo. Siguió estudiando esa foto en busca de algo distinto, a pesar de que cada rasgo y atributo estaba perfectamente definido, como grabado en piedra.
Sus pechos. Sus pechos no eran así.
Pero sonreía. Sus hoyuelos se dibujaban regios en sus mejillas. Era lo más hermoso que podía existir, la clase de belleza por la cual quedarse  ciego. Y esa sonrisa tenía que ser para él. No podía ser para ningún otro. La comisura de su boca no podía estar así de viva por nadie más.
Al fin estaba en casa.
No le importó qué imagen nutría a cuál.
La música y las risas en el balcón de al lado siguieron toda la noche.

NOTAS:

*”Había Una Fiesta En El Balcón de Al Lado” es el séptimo micro-cuento de “Ayer La Lluvia”. Es el que trata sobre la locura en el amor, y es el texto que más escribí y reescribí de todo el libro.

*Ya he mencionado que el día después de presentar “Ten” (mi segundo libro), comencé a escribir lo que terminaría siendo “Ayer La Lluvia” debido a un incidente puntual.
Bueno, ese incidente es lo que está plasmado en “Había Una Fiesta En El Balcón de al Lado”.

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